
Cada 7 de julio conmemoramos el Día Mundial de la Conservación del Suelo, una fecha que nos invita a reflexionar sobre la crítica situación de nuestros suelos y la urgente necesidad de actuar.
La destrucción actual es alarmante, y la fertilidad de los suelos ha sido drásticamente comprometida, en gran parte, como consecuencia de la llamada «revolución agrícola verde». Si bien esta revolución prometió abundancia, su dependencia de monocultivos, fertilizantes sintéticos y pesticidas ha erosionado la vida del suelo, agotando sus nutrientes y destruyendo su compleja biodiversidad. El resultado es una tierra empobrecida e incapaz de sostenernos a largo plazo.
Frente a este panorama desolador, es imperativo voltear la mirada hacia el conocimiento ancestral. Los pueblos indígenas y las comunidades tradicionales han mantenido durante milenios una relación de profundo respeto y reciprocidad con la Madre Tierra. Sus tecnologías, conocimientos y prácticas de conservación del suelo y los ecosistemas, a menudo basados en la diversidad de cultivos, el uso de abonos naturales y la rotación inteligente, son vitales para restaurar la salud de nuestros suelos y garantizar una alimentación sana para todos. Es hora de revalorizar estas sabidurías, aprender de ellas e integrarlas en nuestras estrategias actuales para sanar la Tierra.
El llamado es claro: debemos comprometernos con el cuidado y la restauración de nuestros suelos. Esto implica transitar hacia prácticas agrícolas sostenibles, donde el uso de abono y herbicidas orgánicos sea la norma, no la excepción. Pero la tarea va más allá de lo técnico; es fundamental reconocer la dimensión espiritual en esta relación rota entre los humanos y la Madre Tierra. Reestablecer ese vínculo de respeto, gratitud y reverencia es esencial para una verdadera sanación. Solo así podremos asegurar no solo la fertilidad de nuestros suelos, sino también la salud de nuestra propia existencia y la de las futuras generaciones.