
La presidencia de Dina Boluarte en Perú se ha caracterizado por una profunda contradicción entre sus declaraciones públicas y la realidad social del país. Un claro ejemplo de esto fue su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde pintó un cuadro de paz e inclusión social que contrastaba duramente con lo que sucedía en las calles de Lima.
Mientras Boluarte afirmaba ante el mundo que Perú era un remanso de tranquilidad, la Policía Nacional reprimía violentamente a manifestantes que protestaban por políticas que, según ellos, atentan contra los servicios públicos y la impunidad de los agentes del Estado. Estos manifestantes, que ya casi por rutina se han acostumbrado a salir a las calles, expresan un descontento que va más allá del actual gobierno. Es un sentimiento de hartazgo con un Estado que, a lo largo de su historia, ha respondido con represión a los reclamos sociales, especialmente a los de aquellos sectores más vulnerables y descontentos.
Las enceguecidas políticas antipopulares y de privatización de Boluarte mantienen vivas las protestas sociales. Esta vez, fueron los jóvenes menores de 30 años, quienes junto a transportistas, víctimas de las extorsiones, quienes salieron a las calles de Lima. El gobierno, lejos de atender las demandas sociales, responde con lo que ya es una praxis estatal: represión violenta. La represión en lugar de apaciguar, fortalece el sentimiento de repudio. La impunidad de los agentes policiales y militares que han cometido crímenes contra los manifestantes solo ha agudizado la crisis.
El discurso de Boluarte en la ONU, más que una declaración de principios, se ha interpretado como un intento desesperado por legitimar un gobierno que carece de apoyo popular. Es la prueba fehaciente de la profunda desconexión entre el poder y el pueblo. La “mentira” no es una simple falsedad, sino una herramienta para mantener un discurso de falsa estabilidad ante la comunidad internacional, mientras en el interior del país la sociedad se desgarra por el conflicto. En este contexto, el arte de la mentira se convierte en una peligrosa estrategia de un gobierno que parece más preocupado por su imagen externa que por resolver los problemas internos de su nación.
El pueblo peruano, a través de sus protestas, está enviando un mensaje claro: el bicentenario Estado peruano no puede seguir ignorando sus demandas. La violencia y la represión no son una solución, sino un acelerador del colapso social. La crisis política en Perú no es un fenómeno aislado, sino la consecuencia de décadas de desatención, represión y desprecio por el clamor popular. En ese sentido, la presidencia de Boluarte, con sus discursos de paz y sus políticas de represión, se ha convertido en un símbolo de las contradicciones que definen al Perú de hoy.