Ollantay Itzamná

En el sur del Perú, la conmemoración de los 204 años de independencia nacional ha revelado una tensión palpable entre la «peruanidad» y la creciente «aymaridad». Lo que alguna vez fue una conciencia política identitaria aymara subyacente, ahora emerge con una determinación y un desafío inéditos frente a un Estado peruano centralizado en Lima. Este último es percibido, cada vez con mayor claridad, como una entidad que sistemáticamente masacra y humilla impunemente a la población aymara.

Las recientes manifestaciones y protestas en Lima, coincidiendo con las festividades patrias, son un testimonio de esta rebelión política decidida. El pueblo Aymara, uno de los 54 pueblos originarios reconocidos en Perú, y a pesar de no ser mayoritario demográficamente, ha logrado mantener su identidad cultural e idiomática a lo largo de los siglos: durante el Incario, la colonia española y la etapa republicana. Esta «resiliencia» histórica se ha transformado ahora en una gallardía política ante lo que muchos califican como un «terrorismo estatal sangriento». El bicentenario Estado criollo peruano, lejos de entablar un diálogo, ha recurrido sistemáticamente a la represión y la masacre como única respuesta a las legítimas demandas del pueblo aymara.

El discurso oficial de «fiestas patrias» y el intento de afianzar una «peruanidad» como identidad nacional homogénea han tenido un efecto contraproducente. Lejos de consolidar una unidad, estas celebraciones están acelerando la emergencia de la aymaridad como una identidad política disruptiva en el sur del Perú. Este fenómeno no es meramente local; subraya una realidad más profunda: la nación aymara trasciende las fronteras coloniales impuestas por los estados nacionales de Perú, Bolivia y Chile. Su presencia histórica y cultural en la región altiplánica desafía las divisiones administrativas impuestas desde el siglo XIX.
La brutal respuesta estatal a las demandas aymaras ha fortalecido el sentido de pertenencia y resistencia de este pueblo. Las imágenes de la represión en las calles de Lima, con aymaras enarbolando sus símbolos y demandando justicia, han visibilizado la fractura de un proyecto nacional que ha privilegiado históricamente a las élites limeñas y ha marginado sistemáticamente a los pueblos indígenas. Esta coyuntura plantea una pregunta fundamental: ¿podría el Perú estar presenciando la configuración de una nueva geopolítica interna?

La agudización de este conflicto identitario y político podría, en el mediano y largo plazo, reconfigurar los límites bicentenarios de los estados nacionales en la región andina. La aymaridad, con su profunda conciencia histórica y su capacidad de movilización, se posiciona como un actor clave en la reinterpretación de la soberanía y la pertenencia en los Andes. No se trata simplemente de una demanda por derechos, sino de un cuestionamiento profundo a la estructura misma del Estado peruano y a la forma en que este ha concebido y ejercido su poder sobre sus poblaciones indígenas. Este proceso de reafirmación identitaria y política aymara es, sin duda, uno de los desafíos más significativos para el futuro del Perú.

3 respuestas

  1. De acuerdo con la mayor parte del análisis. Sin embargo, planteo que una dicotomía entre «peruanidad» y «aymaridad» no refleja el fondo del problema, pues mientras seamos parte del Estado peruano, podemos ser peruanos con una autonomía política, económica, educativa y administrativa dentro del Estado peruano. La constitución de otros estados recuperando los territorios autónomos ancestrales es compleja porque en el inmediato y mediano plazo es muy difícil de concretar. Fernando Antonio García Rivera

  2. El título: Peruanidad versus Aymaridad, la emergencia de una identidad desafiante.

    Considero que, el Estado neocolonial peruano en su 204 años de república no ha construido una nación homegenia, mas bien, existe una hegemonía «blanco-mestizo» que inventa un estado unitario sin considerar las otras naciones o culturas que son anteriores a las repúblicas neocoloniales. Por ejemplo, el pueblo aymara, la aymaridad actual puede pedir dos cosas: 1) un adhesión condicionada al Perú, puesto que antecede y las normas internacionales como el convenio 169 de la OIT y entre otros procesos socio-historicos de los pueblos originarios del mundos, y la otra 2) secesión, es una condición de apartarse o retirarse, aunque es más radical, puesto que, se debe entenderse que la «nación aymara» está dividido en cuatro estados neocoloniales: Perú, Bolivia, Chile y Argentina; es decir, lo que se denominó el antiguo Qullasuyo. En conclusión, esas condiciones, pueden darse, siempre y cuando exista una intelectualidad aymara, una politología aymara y una economía aymara que sepa articular la cuestión de la aymaridad.

    Lo que el aymara reclama es «sujeto político e histórico» no un sujeto folklórico de contemplación o de inclusión que es una visión de los indigenistas izquierdistas peruanas o de la derecha bruta y achorada e incluso del caviarismo. En otras palabras, es autogobernarse, el «indio sabe pensar», y puede dirigir el estado neocolonial y puede transformar para las mayorias; pues así como sujeto histórico, moviliza y genera una conciencia, sabiendo que el Perú es un país racista, discriminatoria, con la clase política peor que la época colonial.
    Por eso se dice, «el orgullo aymara», lo que vale el aymara, es la raza mas rara que refundará y sepan lo que el aymara vale o las frases de Tupak Kataria: Yo he muerto, des pues de mí volveran miles y miles como la quinua».

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