Ollantay Itzamná

En el caminar de los movimientos sociales y sociopolíticos de nuestra Abya Yala, la lucha por la descolonización no puede ser solo un grito hacia afuera, sino un ejercicio profundo hacia adentro. La democratización interna de las organizaciones populares no es un mero trámite administrativo; es el meollo nuclear ético de toda estructura que aspire a cambios verdaderos en los territorios.

La democracia, más que un mecanismo para la toma de decisiones, debe entenderse como un estilo de vida basado en el reconocimiento pleno de todas y todos los integrantes como iguales y compañeros. Este reconocimiento es la base de la «autonomía colaborativa» que buscamos fortalecer en nuestras redes territoriales. Sin embargo, cuando las dirigencias anulan los espacios de participación o secuestran los procesos de decisión —ignorando las voces reflexivas de campesinos e indígenas—, se produce una fractura dolorosa. En ese instante, no solo se contradice el discurso: «Por la democratización del país» que se enarbola como bandera de lucha, sino que se reproduce con crudeza el mismo régimen colonial y dictatorial que históricamente ha oprimido a los sectores populares en los diferentes estados bicentenarios del Continente

La coherencia es el motor de la confianza colectiva. No podemos proponer un «liderazgo transformacional» para el cuidado de la casa común si nuestras propias estructuras funcionan bajo lógicas de exclusión o autoritarismo. Un movimiento que no se democratiza internamente termina mimetizándose con el opresor, perpetuando una «cultura de la dependencia» en lugar de fomentar la emancipación.

Por tanto, en el momento en que las dirigencias se cierran al escrutinio, a la participación interna de las comunidades y a la transparencia, surge la urgencia de una reflexión profunda. Es el llamado a renovar los liderazgos de la manera más participativa posible, recordando que nadie es dueño de la verdad y que el facilitador o dirigente es solo un guía en un tejido donde todos estamos interconectados. Solo una organización que vive la democracia en sus entrañas tendrá la legitimidad moral para exigirla en la plaza pública y construir, finalmente, un futuro de mayores posibilidades para nuestros pueblos

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