Ollantay Itzamná

En este 10 de mayo, fecha en la que muchos países de nuestro Continente celebran el Día de las Madres —o en otros casos el segundo domingo de mayo—, la humanidad entera tiene la oportunidad no sólo de expresar afecto y gratitud, sino también de reflexionar profundamente sobre el significado histórico, social y humano de las madres en nuestras vidas y en la continuidad misma de la existencia. Sin mamá, no hay humanidad. No existe sociedad, cultura, economía, espiritualidad ni futuro posible sin aquellas mujeres que, desde sus cuerpos, sus cuidados y sus desvelos cotidianos, sostienen y reproducen la vida humana.

Las madres han cargado históricamente con una misión fundamental y muchas veces invisibilizada: gestar, alimentar, cuidar, educar, sanar heridas y mantener viva la esperanza en medio de las adversidades. Lo hacen, en innumerables ocasiones, bajo condiciones de desigualdad, explotación y violencia impuestas por sistemas patriarcales y machistas que reducen su papel a sacrificio silencioso, mientras les niegan derechos, reconocimiento y condiciones dignas de vida. La maternidad, lejos de ser únicamente una experiencia privada o familiar, constituye uno de los pilares fundamentales sobre los cuales se sostiene la humanidad entera.

Sin embargo, el modelo dominante convierte muchas veces esta fecha en una celebración comercial, emotiva y pasajera. Flores, regalos y discursos sentimentales abundan por un día, mientras persisten durante el resto del año la violencia intrafamiliar, el abandono, la discriminación laboral, la feminización de la pobreza y las múltiples formas de agresión contra las mujeres y las madres. No basta con felicitar a mamá una vez al año si como sociedad seguimos tolerando la violencia patriarcal cotidiana que afecta su dignidad, su salud y hasta sus vidas.

El desafío urgente de nuestra época es avanzar hacia una auténtica justicia para las madres. Esto implica garantizar igualdad de derechos, salarios dignos, acceso a salud, protección frente a las violencias, corresponsabilidad en las tareas de cuidado y reconocimiento pleno de su aporte económico, social y humano. Significa también transformar las relaciones familiares y culturales para desmontar el machismo que naturaliza la sobrecarga, el sufrimiento y el sacrificio unilateral de las mujeres.

Celebrar verdaderamente a las madres exige pasar de las palabras a las acciones. Exige construir hogares libres de violencia, sociedades más igualitarias y Estados comprometidos con políticas públicas que cuiden a quienes cuidan la vida. Porque cada madre representa no sólo amor y ternura, sino también resistencia, trabajo invisibilizado y una fuerza histórica imprescindible para la supervivencia humana.

En este Día de las Madres, honrar a mamá debe ser mucho más que un gesto simbólico o comercial. Debe convertirse en un compromiso ético y colectivo por defender su dignidad y sus derechos. Porque sin mamá, simplemente, no hay humanidad.

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