Ollantay Itzamná

La migración humana que atraviesa hoy nuestro continente no es una moda, ni una simple estadística administrativa. Es un grito histórico. Millones de personas, familias y pueblos enteros se ven obligados a abandonar sus territorios por la violencia estructural del sistema económico, por la persecución política, por el crimen organizado, por el extractivismo que destruye comunidades, por el hambre, el desempleo y la desesperanza. No migran porque quieren; migran porque desean vivir.

Desde México hasta la Patagonia, pasando por Centroamérica, el Caribe y la región andina, asistimos a una nueva diáspora continental. Una diáspora marcada por caravanas, fronteras militarizadas, niños separados de sus padres, mujeres violentadas en las rutas migratorias y miles de cuerpos desaparecidos en desiertos, mares y selvas. El fenómeno migratorio actual revela el fracaso ético y político de un modelo civilizatorio que produce riqueza para pocos y expulsión para las mayorías.

Lo más doloroso es que muchos de los países de destino, que se autoproclaman democráticos y cristianos, han endurecido políticas antimigrantes profundamente deshumanizantes. Gobiernos que invocan a Dios en sus discursos levantan muros, construyen cárceles para migrantes, criminalizan la solidaridad y convierten el sufrimiento humano en mercancía electoral. En nombre de la “seguridad nacional” se persigue al pobre que cruza fronteras, mientras se permite el libre tránsito del capital financiero y de las corporaciones transnacionales que precisamente generan las causas estructurales de la migración.

La contradicción es brutal: se persigue al migrante, pero no se cuestiona el sistema que lo expulsa.

Desde una lectura teológica y política, esta realidad nos obliga a recuperar la memoria bíblica de la diáspora. La Biblia no es el relato de pueblos sedentarios y poderosos, sino la historia de comunidades itinerantes, desplazadas y exiliadas. Abraham sale de su tierra buscando la promesa; el pueblo hebreo huye de Egipto escapando de la esclavitud; Israel conoce el exilio en Babilonia; y Jesús mismo nace bajo ocupación imperial y vive la experiencia del desplazamiento cuando su familia huye hacia Egipto para salvarlo de la violencia de Herodes.

La experiencia migrante atraviesa toda la revelación bíblica.

Por eso, en tiempos de xenofobia y nacionalismos excluyentes, cobran actualidad los mensajes proféticos nacidos en medio del exilio: “No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque extranjeros fueron ustedes en Egipto”. La memoria del destierro se convierte así en fundamento ético de la hospitalidad.

La teología de la esperanza nos recuerda que todas y todos somos constitutivamente migrantes. La existencia humana es itinerante. Nadie posee definitivamente la tierra, el poder ni las fronteras. Somos caminantes en búsqueda de vida plena, de dignidad y de comunidad. La condición migrante no es una anomalía: es parte de nuestra humanidad.

En este sentido, la migración también desenmascara las idolatrías modernas. El capitalismo neoliberal ha convertido la ciudadanía en privilegio económico y las fronteras en dispositivos de exclusión racial y social. Los pobres pueden morir cruzando ríos o desiertos; los ricos cruzan continentes con visas doradas. La movilidad humana está profundamente atravesada por relaciones de clase, raza y colonialidad.

Pero frente a esta realidad, la esperanza no es ingenuidad ni resignación espiritual. La esperanza bíblica es histórica y transformadora. Es la capacidad de seguir construyendo humanidad aun en medio del sufrimiento. Es la convicción de que ningún muro puede detener definitivamente el anhelo humano de vida digna.

Por eso, las comunidades creyentes están llamadas a recuperar la hospitalidad como práctica política y espiritual. Abrir espacios de acogida, acompañar a las familias migrantes, defender derechos humanos y combatir los discursos de odio son hoy formas concretas de fidelidad al Evangelio. La empatía no puede ser ocasional; debe convertirse en hábito cotidiano y en virtud permanente.

No basta rezar por los migrantes mientras se vota por gobiernos que los persiguen.

La fe auténtica exige también interpelar a los Estados y exigir políticas públicas integrales que protejan a las personas migrantes como sujetos de derechos y no como amenazas. Derecho al refugio, acceso a salud, educación, trabajo digno y protección jurídica deben ser compromisos éticos irrenunciables de toda sociedad que se pretenda democrática y humana.

La diáspora contemporánea nos coloca frente a una decisión civilizatoria: construir muros de miedo o tejer caminos de solidaridad.

Quizás el gran desafío espiritual de nuestro tiempo sea precisamente reconocernos mutuamente como peregrinos de la esperanza. Porque al final, nadie es completamente extranjero en esta tierra. Todos somos caminantes buscando hogar, pan, dignidad y futuro.

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