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Ollantay Itzamná

Cada 17 de junio, cuando el mundo conmemora el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, la humanidad debería guardar un minuto de silencio por una de las mayores tragedias de nuestro tiempo: el asesinato lento, sistemático y casi invisible de los suelos que sostienen la vida.

Mientras la atención pública suele concentrarse en las guerras, las crisis políticas o las fluctuaciones de los mercados, bajo nuestros pies ocurre una devastación de dimensiones planetarias. La piel de la Madre Tierra está siendo arrancada, erosionada, envenenada y esterilizada a una velocidad que amenaza la continuidad misma de los sistemas que nos alimentan.

Las cifras son alarmantes. Cerca del 40% de las tierras del planeta ya se encuentran degradadas, afectando directamente a más de 3.200 millones de personas. Cada año desaparecen alrededor de 100 millones de hectáreas de tierras productivas, equivalentes a cuatro campos de fútbol por segundo. En las últimas tres décadas, más del 75% de la superficie terrestre experimentó condiciones más secas, mientras que las zonas áridas se expandieron en más de 4,3 millones de kilómetros cuadrados, una extensión superior a la superficie de la India. Actualmente, las tierras secas cubren más del 40% de la superficie terrestre mundial.

Las regiones más afectadas se encuentran en el Sahel africano, el Cuerno de África, el norte y sur de África, Asia Central, Mongolia, el norte de China, el Medio Oriente, la cuenca mediterránea, amplias zonas de Australia, el oeste de Estados Unidos, partes de América Latina y la región del antiguo Mar de Aral, convertida hoy en uno de los mayores desiertos creados por la acción humana.

No se trata de una fatalidad natural. La desertificación tiene responsables concretos. Entre sus principales causas se encuentran la expansión de monocultivos industriales, la deforestación masiva, el sobrepastoreo, la minería extractiva, el uso intensivo de fertilizantes y agrotóxicos, la urbanización descontrolada y modelos económicos basados en la extracción ilimitada de bienes naturales para alimentar patrones de consumo igualmente ilimitados. A ello se suma el cambio climático, que incrementa la frecuencia e intensidad de las sequías y altera profundamente los ciclos hidrológicos. Desde el año 2000, las sequías han aumentado cerca de un 30% en frecuencia e intensidad.

Pero el drama del suelo es mucho más profundo que una cuestión técnica o productiva. El suelo no es una mercancía. Es un organismo vivo. Es la delgada membrana que conecta el mundo mineral con el vegetal, el animal y el humano. Es nuestro verdadero cordón umbilical con la Tierra. De él proviene cerca del 95% de los alimentos que consumimos. Allí viven millones de microorganismos que hacen posible la fertilidad, la retención de agua y el equilibrio climático. Cuando un suelo muere, no sólo desaparece la capacidad de producir alimentos; se rompe una relación ancestral entre la humanidad y la comunidad de la vida.

Las cosmovisiones indígenas de distintos pueblos del mundo han comprendido desde hace siglos una verdad que la modernidad industrial parece haber olvidado: la Tierra no nos pertenece. Nosotros pertenecemos a la Tierra. Somos una hebra más dentro de la trama de la vida. Lastimar los suelos es lastimar nuestro propio cuerpo colectivo. Envenenar la tierra es envenenar el futuro.

Por ello, la respuesta a esta crisis debe ser también ética y espiritual. No bastan nuevas tecnologías ni mercados de carbono. Se requiere reconstruir nuestra relación de respeto, reciprocidad y gratitud con la Madre Tierra. Es necesario pasar de la lógica de la explotación a la lógica del cuidado; de la acumulación ilimitada a la suficiencia responsable; del consumismo compulsivo a una cultura de regeneración de la vida.

Las acciones concretas son conocidas y posibles: detener la deforestación, restaurar bosques y cuencas hidrográficas, promover la agroecología, reducir el uso de agroquímicos, proteger semillas nativas, recuperar prácticas campesinas sostenibles, consumir menos y mejor, evitar el desperdicio de alimentos y fortalecer las economías locales que respetan los ciclos naturales.

La lucha contra la desertificación no es únicamente una tarea de gobiernos o especialistas. Es una responsabilidad colectiva. Cada alimento que elegimos, cada árbol que protegemos, cada litro de agua que cuidamos y cada territorio que defendemos forman parte de la restauración de la piel herida de nuestro planeta.

En este 17 de junio, el llamado es urgente. Escuchemos el silencio de los suelos que agonizan bajo nuestros pies. Todavía estamos a tiempo de sanar las heridas de la Tierra. Pero para hacerlo debemos comprender que salvar los suelos no es un acto de conservación ambiental: es un acto de amor, de justicia intergeneracional y de defensa de la vida misma.

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