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Ollantay Itzamná

El reciente análisis del programa Geopolítica desde la aldea, conducido por Ollantay Itzamná junto a los teólogos Fray Julián Cruzalta y Moema Miranda, pone sobre la mesa una mutación tectónica en el corazón de la institución más antigua y centralizada de Occidente: el nombramiento de mujeres en las prefecturas de dicasterios (los ministerios del Vaticano) bajo el pontificado de León XIV (retomando el impulso previo de Francisco). Lo que a simple vista parece un mero ajuste de cuotas de género es, en realidad, una fisura histórica en un andamiaje de 2000 años diseñado por y para varones.

A continuación, se desglosa el análisis de este acontecimiento desde dos lentes críticas obligatorias:

1. El quiebre socioantropológico: De la subalternidad a la toma de decisiones

Históricamente, la Iglesia Católica ha funcionado como una de las tecnologías de reproducción del patriarcado más eficientes del planeta. Como bien señala Moema Miranda, el arraigo del dominio masculino se intensificó en el siglo IV cuando la eclesía primitiva (un movimiento subversivo y antiimperial) pactó con el Imperio Romano, absorbiendo su estructura piramidal y excluyente.

Desde una perspectiva socioantropológica, las mujeres han sido el motor invisible que limpia, sostiene, consuela y teje la comunidad en las bases rurales y urbanas. Sin embargo, el poder político y la representación simbólica les habían sido negados sistemáticamente bajo el pretexto biologista de que «no estaban preparadas». Que hoy tres de los 16 ministerios clave del Vaticano estén liderados por mujeres (dos religiosas y una laica mexicana) rompe la normalización del colonialismo clerical. Ya no se trata de roles meramente consultivos en comisiones secundarias; se ha entrado a la esfera del poder decisorio directo, donde la gestión dialoga de tú a tú con el Pontífice.

2. El desafío teológico: La grieta de la Gracia y el cisma de la ultraderecha

Teológicamente, el debate es aún más profundo e inconcluso. Fray Julián Cruzalta desmitifica el argumento tradicionalista al recordar que la Iglesia primitiva sentaba a hombres y mujeres a comer en la misma mesa como iguales, rompiendo el puritanismo de la época. Personajes como María de Magdala no eran figuras accesorias, sino la «Apóstola de los apóstoles» y la maestra de la comunidad cuando los varones huían por miedo al imperio.

El análisis devela que la teología oficial mutó convenientemente con los siglos: pasó de afirmar que hombres y mujeres eran «iguales en la gracia pero desiguales en la naturaleza» a decir que son «iguales en la naturaleza pero diferentes en la gracia» para justificar la exclusión de las mujeres del sacramento del orden (el sacerdocio). Los ponentes coinciden en que la verdadera tradición de la Iglesia, refrendada en encíclicas recientes sobre la dignidad humana y el perdón histórico por la esclavitud, es la de la igualdad radical. El miedo al cisma que infunde la extrema derecha eclesial ha quedado al descubierto: las rupturas actuales no vienen de las teologías de la liberación, el ecofeminismo o la inclusión de las mujeres, sino de los sectores ultraconservadores incapaces de aceptar que el monopolio sagrado del varón se está desmoronando.

LLAMADO A LA ACCIÓN: ¡A ocupar las brechas y decolonizar la fe!

La presencia de mujeres en el Vaticano es un paso de gigante, pero la estructura no cambia sola por el simple hecho de cambiar rostros. La historia nos demuestra que los sistemas de opresión son expertos en fagocitar e institucionalizar la rebeldía para adormecerla. No podemos aburguesarnos ni cruzarnos de brazos celebrando la paridad burocrática mientras la Madre Tierra es devastada y los feminicidios se multiplican bajo el amparo de la extrema derecha.

¡Pueblos, comunidades en resistencia de Abya Yala, mujeres de las bases! El mandato no proviene de la curia romana; proviene de la audacia de Jesús de Nazaret y de la noche oscura que desafió María de Magdala. Es hora de radicalizar la ecosofía y la teología popular desde abajo. Los opresores jamás cederán sus privilegios por generosidad.

¡Exijamos el voto y la voz plena de las mujeres en cada sínodo y consistorio! ¡Cuestionemos el chip patriarcal en nuestras propias parroquias y organizaciones! El tiempo de la Tierra y de los cuerpos explotados se ha agotado. O empujamos colectivamente para derribar los muros del clericalismo colonial, o permitiremos que la misoginia sagrada siga dictando el destino de nuestras vidas. ¡La fe es comunión y resistencia, no jerarquía! ¡A la calle y al altar por la democracia radical!

 

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