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Ollantay Itzamná

La irrupción de la inteligencia artificial generativa ha vuelto a sacudir los cimientos de nuestra ecología cognitiva. Mientras algunos celebran la democratización absoluta del saber automatizado, otros presagian el fin de la cultura escrita. Pero antes de decretar el duelo, es obligatorio hacer un alto crítico: ¿realmente el imperio del texto escrito cumplió alguna vez la promesa de ilustración que pregonaba?

Para comprender nuestro vértigo actual, debemos retroceder a la sociogénesis de la primera gran revolución del texto: la imprenta de Gutenberg. Aquel invento no fue solo una máquina; fue un parteaguas ontológico. Por primera vez, el conocimiento dejó de ser un tesoro custodiado por monjes y aularios para convertirse en un objeto reproducible. Nació el sujeto moderno: aquel que, enfrentado a la página fija, podía desarrollar el pensamiento lineal, crítico e individual. La imprenta nos prometió la autonomía cognitiva y la conciencia histórica.

Sin embargo, la modernidad ilustrada, canalizada a través de enciclopedias y tratados, albergaba una promesa incumplida. Diderot y d’Alembert soñaron con disipar las tinieblas mediante el acceso universal a la letra impresa. Pero la realidad se empeñó en ser tozuda: la escolarización masiva no produjo una humanidad lectora, sino una humanidad alfabetizada funcionalmente. El hábito de lectura profunda sigue siendo, estadísticamente, un privilegio de minorías. El texto estaba disponible, pero faltó el fuego interior para consumirlo. La razón ilustrada se estancó en las estanterías, convertida en polvo o en deber escolar, mientras la inmediatez y la oralidad secundaria nunca dejaron de ser el verdadero combustible de las masas.

En ese precario equilibrio llega la Revolución del Internet y, con ella, la aceleración vertiginosa de la IA. La hiperconexión atomizó nuestra atención, y ahora los asistentes virtuales resumen, traducen y redactan en milisegundos. Ante esta eficiencia deslumbrante, el pequeño porcentaje de lectores existentes siente que su esfuerzo es inútil. ¿Para qué sumergirse durante horas en un ensayo de 400 páginas si el chatbot puede destilar su esencia en tres párrafos? La paciencia cognitiva, ya de por sí erosionada, agoniza.

Frente a este panorama, debemos responder a la pregunta del millón: ¿Terminará la IA anulando la capacidad y necesidad de aprender a leer y escribir? Rotundamente, no en su esencia, pero sí en su formato mecánico. La IA nos releva de la escritura como técnica (ortografía, sintaxis básica, resumen), pero no puede relevarnos de la escritura como pensamiento. Leer y escribir profundamente son actos de resistencia ontológica, formas de ralentizar el tiempo para habitarlo. Sin embargo, si la educación sigue anclada en la repetición memorística, la IA ganará la partida.

Pero he aquí la tesis motivadora que necesitamos abrazar: no es una tragedia que el texto escrito se retire sin haber cumplido su utopía ilustrada. La cultura no es monolítica; es un ecosistema de lenguajes. La modernidad pecó de soberbia al jerarquizar el texto por encima de la oralidad, la imagen y el ritual. Estos vehículos culturales, que los ilustrados menospreciaron como «primitivos», son depositarios de una memoria colectiva que el texto frío no puede atrapar. El cine, los pódcast, las ceremonias comunitarias y las tradiciones orales transmiten emociones, códigos éticos y sentido de pertenencia con una potencia que la página escrita jamás alcanzó.

La IA, al desnudar la fragilidad del imperio tipográfico, nos devuelve a una verdad olvidada: somos animales narrativos, no exclusivamente alfabéticos. El desafío no es preservar el libro a toda costa, sino reequilibrar nuestro ecosistema cultural. Leamos, sí, pero también escuchemos, miremos y celebremos. La inteligencia artificial no nos deshumaniza; nos obliga a definir qué es genuinamente humano. Y lo humano, antes de la imprenta, se contaba alrededor del fuego.

El texto se retira, pero la cultura se expande. Aprovechemos esta crisis para dejar de ser súbditos de la razón escrita y convertirnos en ciudadanos de un diálogo múltiple. Esa, y no la resistencia nostálgica, es la verdadera ilustración pendiente.

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