
Una experiencia familiar y comunitaria de regeneración del suelo, soberanía alimentaria y crianza mutua
Hace doce años nació una idea que, con el tiempo, dejó de ser solamente un proyecto familiar para convertirse en una experiencia cotidiana de aprendizaje comunitario: retornar a la Tierra para construir otras formas de vivir, alimentarnos y relacionarnos con los demás seres que comparten nuestro ecosistema.
La motivación inicial fue sencilla y, al mismo tiempo, profundamente pedagógica: crear las condiciones para que nuestra hija menor pudiera crecer en un contexto de huerto, animales de crianza y contacto cotidiano con la Tierra, de una manera semejante a como fuimos criados por nuestros padres, antes de que la ilusión de la modernidad nos alejase progresivamente de los ciclos naturales, de la alimentación producida localmente y de las relaciones comunitarias.
No se trataba de regresar románticamente al pasado, sino de recuperar saberes y prácticas capaces de ayudarnos a enfrentar una modernidad que, cuando rompe sus vínculos con la Tierra, puede convertirse en una modernidad letal.
Buscar un lugar para volver a empezar
La primera tarea fue disponer de unos pequeños ahorros para adquirir un predio y, posteriormente, encontrar un lugar adecuado: fuera de la ciudad, con tierra negra, agua de nacimiento y una pequeña comunidad de familias campesinas alrededor.
Encontrado el lugar, comenzó un proceso que exigió paciencia, trabajo cotidiano y aprendizaje.
La primera construcción fue la vivienda familiar. Se procuró que fuera bioclimatizada, aprovechando la iluminación solar y las condiciones naturales del terreno. Se tomó una decisión fundamental: no cortar los árboles existentes. La vivienda debía adaptarse al ecosistema y no obligar al ecosistema a adaptarse a la vivienda.
El agua también fue asumida como un bien común. El nacimiento existente debía ser cuidado y compartido con las 14 familias de la comunidad. Desde el comienzo comprendimos que no tendría sentido hablar de soberanía familiar si ésta implicaba poner en riesgo los bienes que sostienen a toda la comunidad.
Regenerar la Tierra antes de pedirle que produzca
Uno de los mayores desafíos fue el suelo.
El terreno había sufrido los efectos de los monocultivos tropicales practicados durante décadas. La tierra estaba dañada y recuperar su capacidad productiva requería primero regenerarla.
Para ello comenzamos con la crianza a campo abierto de centenares de conejos y aves. La presencia de los animales, sus residuos orgánicos y el manejo progresivo del terreno fueron parte de un proceso de recuperación de la fertilidad.
Después llegó el huerto.
No se buscó imponer una producción uniforme, sino recuperar la diversidad mediante productos estacionales, combinando cultivos, árboles, plantas nativas y animales. Poco a poco fueron tomando forma tres espacios complementarios: el huerto de alimentos, el jardín-huerto y la granjita-huerto.
El resultado comenzó a hacerse visible entre los cinco y siete años. La tierra regenerada empezó a producir de manera orgánica y sostenida.
La experiencia nos enseñó algo elemental que la lógica productivista suele olvidar: antes de exigirle alimentos a la Tierra hay que devolverle vida.
La comunidad como parte del ecosistema
El proceso tampoco permaneció encerrado en el ámbito familiar.
Las familias vecinas comenzaron a organizarse y constituimos nuestro Consejo Comunitario de Desarrollo (COCODE). El agua, los caminos, la convivencia y las necesidades comunes empezaron a ser abordados desde una perspectiva comunitaria.
Actualmente, como comunidad, cuidamos colectivamente nuestro nacimiento de agua. Como familia, contamos además con un pozo y con un sistema integrado de captación de agua de lluvia proveniente del techo de la vivienda.
Este sistema abre ahora una nueva posibilidad: iniciar una micropiscigranja de tilapias, incorporando la crianza de peces al ecosistema productivo que hemos venido construyendo.
Así, cada componente comienza a relacionarse con los demás: el agua, el suelo, los cultivos, los animales, los árboles, las familias y los conocimientos.
Comer lo que producimos

El primer objetivo de aquella experiencia familiar puede considerarse cumplido.
Hoy nuestra familia produce de manera saludable una parte importante de los alimentos que conforman nuestra canasta cotidiana. Otra parte de la producción la intercambiamos con familias vecinas.
Durante estos doce años, nunca entraron a nuestra casa huevos ni carne de pollo procedentes de granjas industriales o supermercados. Tampoco hemos convertido el agua embotellada o las bebidas azucaradas en parte de nuestra alimentación cotidiana.
Bebemos el agua de nuestro propio sistema y mantenemos, entre nuestros hábitos alimentarios, un consumo abundante de ajo.
Más que una dieta, hemos intentado construir una relación diferente con aquello que comemos: conocer su procedencia, participar en su producción y recuperar la confianza en los alimentos que llegan a nuestra mesa.
Aprender contando huevos
Nuestra hija menor creció dentro de este proceso.
Uno de los primeros ejercicios matemáticos de su infancia consistía en algo aparentemente sencillo: contar los huevos de pata y de gallina que encontraba debajo de las plantas de plátano.
Pero aquella actividad era mucho más que aprender a contar.
Era aprender que los alimentos tienen un origen; que los animales requieren cuidado; que las plantas producen según sus ciclos; que el agua es indispensable; que la Tierra necesita ser protegida; y que vivir significa formar parte de una red de relaciones.
Durante sus doce años de crecimiento, pudo hacerlo en un espacio donde alimentación, aprendizaje, juego, crianza y contacto con la Tierra no estaban separados.
Reaprender la gratitud

Quizá uno de los aprendizajes más importantes de estos doce años no pueda medirse en kilos de producción ni en ingresos económicos.
Aprendimos a relacionarnos de otra manera con la Madre Tierra y con los demás seres que fueron apareciendo y recuperándose dentro del ecosistema.
Aprendimos a observar, agradecer y cuidar.
También reaprendimos algo que la vida moderna tiende a debilitar: compartir y cuidarnos mutuamente con las familias vecinas.
El espacio familiar comenzó a convertirse, poco a poco, en un espacio de aprendizaje pedagógico comunitario. Personas cercanas pudieron observar que un terreno pequeño, con perseverancia, trabajo y conocimiento, puede transformarse en un espacio vivo y productivo.
No acumulamos dinero, acumulamos vida
Después de doce años podemos decir que no hemos acumulado dinero.
Hemos acumulado algo que consideramos más importante: vida, conocimientos, relaciones y salud.
Nuestra experiencia familiar durante este período ha estado marcada por una alimentación producida en buena medida por nosotros mismos, contacto permanente con la Tierra y un ecosistema que hemos aprendido a cuidar.
Incluso durante la pandemia, este pequeño territorio familiar y comunitario se convirtió en un espacio de seguridad, tranquilidad y vida. Mientras afuera predominaban el miedo y el aislamiento, aquí encontramos alimentos, agua, trabajo, naturaleza y vínculos comunitarios.
La experiencia nos mostró que la soberanía alimentaria no es solamente una cuestión económica. También puede ser una forma concreta de cuidar la vida y recuperar autonomía frente a un sistema que nos convierte en consumidores dependientes de cadenas cada vez más largas y frágiles.
Hacia un microcafé-vivero pedagógico

Hoy el proceso entra en una nueva etapa.
Las plantas nativas que se han recuperado en el jardín-huerto, junto con la crianza de animales menores y los conocimientos acumulados durante estos doce años, nos han llevado a imaginar un nuevo espacio abierto a la comunidad.
Estamos en vísperas de poner en marcha un microcafé-vivero pedagógico, destinado a recibir a quienes quieran conocer esta experiencia y descubrir que no siempre se necesitan grandes extensiones de tierra para comenzar a reconstruir una relación diferente con la alimentación y con la Madre Tierra.
La propuesta es sencilla: mostrar que incluso en espacios pequeños es posible producir alimentos, recuperar suelos, cuidar agua, criar animales, recuperar plantas nativas y construir relaciones comunitarias.
Pero, sobre todo, demostrar que otra manera de vivir es posible cuando dejamos de mirar la Tierra únicamente como un recurso y volvemos a reconocernos como parte de ella.
Retornar a la Tierra

Doce años después, aquella idea inicial adquiere una dimensión más amplia.
Retornar a la Tierra no significa abandonar todo lo que la modernidad ha construido. Significa cuestionar aquello que nos ha separado de los ciclos de la vida y recuperar la capacidad de producir, cuidar, compartir y aprender en nuestros propios territorios.
Significa comprender que una vivienda puede convivir con los árboles; que el agua puede ser un bien compartido; que un suelo puede regenerarse; que los alimentos pueden producirse sin destruir; que los niños pueden aprender matemáticas recogiendo huevos; que una familia puede intercambiar sus excedentes con sus vecinos; y que una pequeña comunidad puede organizarse para cuidar aquello que sostiene su existencia.
También significa recuperar una dimensión espiritual: reconocer que no estamos frente a la Tierra, sino dentro de ella.
El pequeño ecosistema que comenzó como un proyecto familiar hace doce años continúa transformándose. Ahora quiere abrir sus puertas para convertirse en un lugar de encuentro, aprendizaje e inspiración.
Quizá ése sea el sentido más profundo de este retorno: no volver al pasado, sino recuperar del pasado aquello que puede ayudarnos a construir un futuro en el que la vida vuelva a estar en el centro.
Porque superar la modernidad letal no empieza necesariamente con grandes discursos.
Puede comenzar con una semilla.
Con un árbol que decidimos no cortar.
Con un nacimiento de agua que aprendemos a cuidar.
Con un suelo que volvemos a llenar de vida.
Con una gallina, un conejo, una planta de plátano.
Con una niña que aprende a contar recogiendo huevos.
Y con una familia que decide, sencillamente, volver a la Tierra.